editorial
Cada 31 de octubre, sin Dios ni Ley, la gente se toma las vías con sus automóviles, camiones, camionetas, taxis, motos y bicicletas para hacer la fiesta de la maicena y lanzarla a cuanta persona adulta, joven o niño que esté apostada en los andenes o parques viendo desfilar de todo.
Ya no es la fiesta de los niños, sino de los grandes disfrazados de cuanta ocurrencia llega a su imaginación, siendo el más apetecido el de gay,...